En el perdido Quequén
El barco de mayor eslora entró al puerto con bandera de Arabia y
tripulación filipina
la barcaza amarilla descubrió un cardumen sobre la costa y tira la red entre escasos veraneantes
Caty cuenta cuando Gian Marco la fue a buscar a Roma y
le ofreció casarse en los bosques de Viena
Cristina prepara torta de manzanas
en un club del pueblo un piano ataca valses livianos, el choclo, la cumparsita, y cierra con mamai eu quero y cidade maravilhosa (el viento los trae a la cocina)
un perro adopta dueños de enero
el cereal se descarga en los silos
el barco biblioteca que atracó para quedarse prende su guirnalda de luces
Sin mi, todo sucede
Creo que ya ha he muerto en el perdido Quequén y en tantos otros puertos perdidos
En el perdido Quequén se ha desatado un viento que me enfría los pies
El no lo sabe, y tampoco le importa.
Filed under LITERARIOS | Comments (3)
Concurso cuentos sobre ruedas- España- Hasta el 30/4/2012
El Concurso Cuentos Sobre Ruedas es una iniciativa literaria con un claro y marcado objetivo, fomentar la creación literaria referida expresamente a los viajes y el transporte en autobús…
Creado por ALSA, el Concurso “Cuentos Sobre Ruedas”, convoca a participar elaborando relatos breves sobre las experiencias de viajar en autocares. Dicho concurso, que este año llega a su 12a edición, convoca a los autores a participar con una o más obras escrita en lengua castellana.
Quienes se interesen en participar, deberán enviar obras originales e inéditas, que tengan alguna relación con el mundo de los viajes y el transporte por autobús.
Cada cuento corto deberá tener una extensión que no supere los 10 folios o DIN A4 mecanografiados por una sola cara, y una extensión que no supere las 3000 palabras.
Los participantes tendrán tiempo hasta el 30 de abril de 2012 para hacer llegar su/s obra/s.
El envío de dichas obras deberá hacerse por duplicado a la siguiente dirección:
Presidente del Jurado
“Cuentos Sobre Ruedas”
c/Miguel Fleta, 4
28037 – Madrid
O por correo electrónico a la dirección: cuentosobreruedas@alsa.es
Cada copia enviada deberá ir firmada con nombre y apellido, dirección y teléfono del autor o bien con su seudónimo, para lo cual, en este caso es indispensable que vaya acompañada por una plica cerrada conteniendo la identidad del participante.
Cada autor participante deberá adjuntar una declaración jurada asegurando ser el autor del cuento enviado y que los derechos autorales no se encuentran comprometidos, ni a la espera de fallo en algún otro concurso similar.
Si eres escritor/a amante de los viajes en autobús está es una excelente oportunidad de participar en un concurso que además de brindarte la posibilidad de hacerte conocer, también podrás hacerte acreedor a un Primer premio de 6.000 euros.
CONCURSO CUENTOS SOBRE RUEDAS. Hasta el 30/4/2012- Escritores.org
Filed under LITERARIOS, Prosa | Comment (0)Río de Lelas (cap.II)
Maria Pura y sus hijas en Córdoba
Yo la vi. Aunque no lo diga a nadie para que no quieran convencerme de la imposibilidad de esa visión, con sus razones de personas educadas en las empíricas manifestaciones del tiempo y el espacio.
Aún hoy, cuando Angelina se sienta a la sombra de las acacias en Solymar, algo apartada de los demás como afirmando su derecho a ensimismarse, a dejar vagar su mirada por los intersticios de los pinos del fondo, mientras los demás se pasan el mate calabaza con su plano de yerba mojada y su montículo de yerba seca compartiendo la gran abertura en la que no aparecerá flotando ni un solo palito; yo la veo. Miro el pelo blanco, fino como baba de araña recogido en un gran anillo chato en la nuca y advierto cómo se le desarma toda esa prolijidad. Le empiezan a caer rulos sobre la frente, las mejillas se vuelven turgentes como un durazno a punto, y los ojos pequeños se agrandan hasta convertir el celeste acuoso en azul fuerte y brillante.
Entonces la veo leer esa carilla escasa en la esquina soleada de la estafeta postal, la que estaba cruzando las vías o la que aún está con un cartel diferente y una entrada modernizada, o tan vieja como antes pero con empleados nuevos. O no está, y en su lugar hay un local de Internet.
La vi a Angelina salir de la estafeta, mirar una hoja de papel con banda negra y sello de la empresa constructora, quedarse con la mirada inmóvil un largo rato y en forma súbita, salir corriendo por las calles de tierra de Huinca Renancó.
Lleva un vestido celeste de falda amplia que se eleva con la fuerza de sus rodillas y del viento cálido, dejando ver las pantorrillas blancas y bien formadas de nena de doce años. El pelo que no han podido contener las trenzas se le alborota alrededor de las mejillas y la frente, el ruido del tren es un murmullo que parece repetir aquel formal pésame por el cual se acaba de enterar que su padre, Martín Genaro Budelli Larrondo, ha muerto en un hospital de la lejana Buenos Aires.
La ví pasar por delante de la locomotora, rodar por el terraplén con el papel aferrado y el trozo de vestido roto como una bandera en el frente de la máquina. La vi pararse y reanudar la carrera por la calle de los Escutti, doblar en la del boticario Pedro Guevara, correr por la de la Merced en la que sube a la irregular vereda de ladrillos mal curados, -muy distintos a los cocidos por tu abuelo Pascual en los hornos de Flores-, oye Angelina el decir de su padre Martín, el muerto, así como al pasar por la escuela recuerda aquella mañana de cuando el mundo era todavía seguro y armonioso, en que ella y Blanquita vestidas de ángeles con cuatro trenzas cada una, esparcían pétalos de flores al paso de las personas importantes del “Blanco Renancó”, entre ellas el constructor de la primera escuela de ladrillos del pueblo, su padre.
Angelina esquiva los yuyales que empiezan a crecer como anuncio de los próximos calores y no percibe el fuerte olor a hierbas que sus pies producen al ir quebrando ramas y hojitas. Tampoco ve venir por la calle a la vieja Rosario, la que de tanto en tanto baja al pueblo con bolsa en palo, provocando la huida de los chicos y el desdén tolerante de los mayores.
Las niñas Budelli tenían un contacto mínimo con los habitantes del pueblo y sus alrededores, distanciadas a fuerza de prevenciones, prejuicios y veladas amenazas por parte de María.
María Pura, un poco por extranjera, aunque más aún por orgullosa, sólo trataba a los vecinos más próximos, o a quienes debía recurrir por comercio u oficio. Entre estos últimos el boticario Pedro Guevara. Almidón, bórax, aceite de hígado de bacalao, tintura de ruibarbo, yoduro de potasio, alcanfor.
María Pura tuvo ocho hijos. Cuatro de ellos nacieron allí. Sus pies habían dejado huellas firmes en el tránsito desde su casa hasta la del boticario.
Angelina no se da vuelta hacia la vitrina del frecuentado vecino, quien habitualmente pone una golosina entre sus manos. Encara con sus botitas hacia la esquina del álamo, pasa por el despacho del tambo de Nemesio Pérez al cual su padre las llevaba a tomar leche fría con vainillas en las noches de verano y luego no para hasta la puerta de la casa.
Mira el frente y recorre con la vista la canaleta de latón por donde los días de lluvia se desliza un caudaloso río que arrastra ramitas, hojas secas, náufragas hormigas y arañas. Parece querer asegurarse que ésa es aun su casa, la de sus cinco hermanas, la de Martín Genaro Budelli Larrondo, el padre de esa familia, un muerto a ochocientos kilómetros de allí.
Entra, esquiva a Victoria que juega con Blanquita y Fulvia en el patio, rodea el aljibe y las macetas con hortensias y penetra en la penumbra del cuarto de su madre, María Pura. No puede distinguir nada entre las sombras que se colocan en las antípodas del sol absorbido en la carrera. Siente que allí tan solo hay oscuridad. Cree que el mundo entero está deshabitado a excepción de ella y sus cinco hermanas pequeñas que juegan por la casa como perritos, sin saber, temer ni esperar nada más que ser alimentadas y acariciadas puntualmente.
Se le escapa un gemido articulado: mamá, y larga a llorar, no como lo hacen los niños, sonora y sin inhibiciones; sino suave y contenido, con vergüenza, como los hombres grandes. A medida que recupera la visión, Doña Aurelia toma forma en un rincón del oscuro cuarto y entre sus brazos se abulta Bebita: -shss, mija, que tu mamá duerme- dice la señora, quien durante una semana ha creído poder evitar contarle lo sucedido a María Pura hasta su completo restablecimiento, y ahora se encuentra con esta niña desolada y ese fúnebre papel en sus manos mostrando la habilidad de las verdades para abrirse paso cuando de penas se trata. María dormía y no le dieron la noticia sino hasta varias horas mas tarde. La recibió dentro de su seminconsciencia, como a un rumor doloroso que penetraba la niebla de su alrededor trayendo algunos ruidos agudos y desagradables, casi ininteligibles.
María comenzaba a recuperarse de la fiebre puerperal en que se instaló después de nacer Beba, la número seis de sus hijas mujeres, la que Martín no conocería porque había muerto de una pleuresía en un hospital de Buenos Aires mientras su mujer paría una niña saludable en un pueblito de Córdoba.
También la vi a Maria Pura o María de la Concepción Bellido Rossell, quien en Córdoba fue sólo María, salir de la casa con sus seis hijas mujeres un mediodía de sol.
Angelina lleva a Beba envuelta en una mantilla de hilo. Desde sus doce años a los tres meses que porta entre los brazos transitan las edades de Blanca, Fulvia, Victoria y Clelia.
María Pura cubre su cara con un tul negro, de negro va vestido su metro setenta y cinco de estatura y enfundadas sus manos. Son negro todas sus hijas excepto Clelia que camina de la mano de Blanquita, apenas a setenta centímetros del piso, tropezando con sus botitas en el camino pedregoso. Clelia viste de celeste y blanco, el hábito de la Virgen. Se salvó de la enlutada vestidura, y según contaba María Pura, de la muerte, por una promesa que hiciera el día que el doctor Lozano dijo que la pequeña no pasaría la noche.
Clelia tenía entonces poco menos de un año, la misma edad en que habían muerto los dos hijos varones Prisciliano y Pascualino, de quienes María quiso guardar un recuerdo haciéndolos fotografiar en sus cunas después de muertos. A ella, en cambio, la fotografió esa misma noche, temerosa y esperanzada, prometiendo a la Virgen vestirla durante un año con su hábito si la salvaba y ordenando a Angelina la sostuviera en lo alto, mientras acomodaba manteles de puntillas a su alrededor y don Justiniano Luque, el único fotógrafo del pueblo, se impacientaba, y Martín Genaro Budelli Larrondo no sabía que podía morir otro de sus hijos porque estaba construyendo casas en Río Cuarto o algún otro pueblo.
Pero Clelia no murió. Tal vez fue entonces cuando comenzó a alimentarse el mito de la fortaleza de las Budelli, ya que los dos varones no habían podido vencer la meningitis, mientras que las mujeres la habían rechazado. Nada pudo contra la perduración de ese mito la muerte de Victoria, sucedida cuatro años después en Flores, porque Victoria falleció a causa de un cáncer, monstruo ante el cual todas las voluntades se sometían; y también porque Victoria había dormido a la sombra de un roble sobre el cual se arrullaban las torcazas.
Si bien María Pura no hizo caso de aquella muchacha que le advirtió: -Si continúa haciendo dormir a la gurisa bajo esas palomas se puede morir, doña (-si fuera así, casi no habría niños, con todas las torcazas que andan arrullándose por aquí- piensa), no volvió a dejarla bajo el roble en su canasto al recordar que a Pascualino también acostumbraba ponerlo bajo un árbol en las horas calientes de la siesta mientras lavaba la ropa.
Y aunque se dijo: Esas son supersticiones, pura ignorancia de quienes no creen en Dios, se le fue metiendo la idea de que algo especial había determinado el Señor para Victoria, pues parecía un angelito, tan linda, suave y silenciosa, tan precisa en sus pocas afirmaciones de niña, que hacía exclamar a algunos: -Esta gurisa es cosa seria, no parece de este mundo.
Tiempo después, cuando la enfermedad empezó a manifestarse en Victoria, María Pura no hizo promesas, no exigió curaciones a los médicos ni se rebeló contra la ceguera o esa tormenta oscura que iba ocupando el cerebro de Victoria: -Está donde debía estar. Dios la vino a buscar-, diría luego de un año de sufrimientos de la pequeña.
Clelia sí era de este mundo y yo la vi con su hábito celeste y blanco contrastando con el negro de sus hermanas y su madre, de la mano de Blanquita, tropezando por las calles del pueblo hacia la estación de trenes donde un cartel de madera anunciaba ‘HUINCA RENANCO’
María Pura camina y es una montaña negra, el pico de una cordillera que se desplaza por el medio de la calle solitaria. Algunos vecinos la despidieron en su casa y le llenaron un canasto con frutas, buñuelos, albóndigas, dulces, panecillos. Aurelio Serrano y don Juan Altamira llevan en el carro cuatro canastos y un baúl, todo lo que quedó después de la venta.
María Pura no habla, por debajo de su falda negra parece patinar, nada denuncia sus articulaciones en movimiento:
-Llora, sí, llora.
-Pobre mujer, ni un solo varón.
-Una santa mujer, pobrecita.
-Qué va´ iorar…
Comentan a su paso
Tan derecha va, tan oculta. María Pura hace inventario de sus pertenencias, calcula otra vez los costos, planifica las etapas del viaje por detrás de la sombra de su vestido y el crespón.
Pedro Guevara, de quien se despidiera el día anterior, la mira pasar por entre las persianas y piensa que se acabó su posibilidad con esa mujer que desde hace años invade sus sueños y la penumbra de su vigilia, que le produce temblores en las manos y las rodillas cada vez que se acerca al mostrador a pedir bicarbonato o alcanfor. Sin ella el pueblo se convierte en una doble soledad, la de su esposa muerta hace quince años y la otra, la peor, la soledad sin la figura alta de María, sin sus ojos verdes, su mirada ausente, su pecho solitario, sin su abandono de hembra fiel a un hombre siempre lejos.
La ve alejarse llevándose con ella el misterio, su última esperanza, llevándose a sus hijas que reproducen por el pueblo los ojos, las manos, el pelo, los hombros, la infancia de María. Esperará un año para acostumbrarse a las calles polvorientas sin las huellas de las Budelli, al viento sin el revoloteo de las impecables faldas de María y sus hijas. Se acostumbrará, como a todo la gente se acostumbra. Y cuando lo haga, se dará cuenta que es una costumbre que no merece la vida. Entonces irá a la tienda y con su ciencia se liberará de ese hábito de no esperar nada, ya no más.
En la estación, alguien las miró por un rato desde el otro lado de las vías. Le atraía la imagen. Pero no siendo fotógrafo ni pintor, (tampoco cineasta ni cazador furtivo de imágenes), decidió mirar otra cosa. Lo ayudó el ruido del cartel de madera que colgado a un costado de los pasajeros se golpeaba contra los dos postes que lo sostenían, luego de ser elevado por el viento caliente de ese enero.
Pero antes vio:
El brazo izquierdo de María forma un cuenco que sostiene a Beba. El derecho eleva la mantilla de hilo tapando el pecho descubierto. La cabeza inclinada hacia abajo cierra un círculo en el cual queda envuelta la beba, cuyos ojos miran los ojos de María. La boca succiona la teta de María. La manito derecha le aprieta la cintura; la izquierda, el pecho oculto.
El cuerpo de Victoria parado al extremo del banco se curva por su flanco desde las rodillas hasta la cabeza para rodear el costado de María. La mejilla reposa sobre su hombro. La mano de Blanquita sostiene la de Clelia, sentada al lado de María. La espalda de Blanquita se apoya derecha y relajada sobre el espaldar del banco, en el centro del grupo.
El tronco de Fulvia descansa sobre una pierna doblada. La mano derecha tironea el volado negro de la manga que cubre el brazo de Angelina.
Las piernas de Angelina se doblan al otro extremo del banco, sentada de espaldas a Fulvia. Los ojos de Angelina miran hacia aquel horizonte donde las vías se juntan. Los codos se apoyan en las rodillas, la barbilla en las dos manos pegadas por las muñecas y abiertas sus palmas alrededor de la cara.
A un costado y hacia adelante, los pies de los vecinos se pierden entre los canastos. El cartel de madera se ha elevado sobre sus goznes por efecto de una ráfaga de viento.
Hizo bien el mirón en desviar la vista de las Budelli, porque al momento siguiente, Fulvia detuvo por la manga el brazo de Angelina que alcanzaba el vaso que ya soltaba el jefe de estación. El agua se dispersó sobre el piso.
Fulvia saltó del banco y se paró junto a los vecinos. Blanquita pasó de derecha y relajada a derecha y rígida. Clelia se soltó de su mano y se inclinó a mirar el vaso roto. Victoria se enderezó. Beba dejó de mamar y se puso a llorar mientras María Pura decía a Angelina: -¡Pero qué hace, m´hija!, siempre desatenta, parece lela, caramba.
Los vecinos miraron a Angelina y ésta miró la mancha de agua que iba filtrándose por las ranuras y se deslizaba hacia las vías sin que nada pudiera detenerla, mucho menos ella, aunque se le desesperaran los ojos viendo esa irremediable dispersión y su huida hacia el borde del andén desde el cual caería hasta la tierra y allí se fundiría para ser barro, tierra húmeda; nunca más agua que bebería María para nutrir su leche y pasar a la boca ansiosa de Beba. La pequeñita, sin embargo, volvió a prenderse a la teta, ignorante de esa y de todas las otras pérdidas ante las cuales los ojos de Angelina se agrandaban por no poder lanzar manos que retuvieran, que asieran, que fijaran, que retrotrajeran todo al estado inicial de materia contenida, de agua precisa dentro de los límites de lo que una vez fuera un sólido vaso.
Filed under LITERARIOS, Prosa | Tags: cordoba, libro, Lidia Fernández, Literarios, taller | Comment (0)
Digamos
Digamos que amanece y por toda noticia
un cielo en la ventana,
por todo despertar
un tacto detenido en boca, espaldas, sexo,
por todo desayuno un goloso trago de agua.
Digamos que mano y no garfio
pirata solo Drake
tortura solo china y china solo tinta.
Digamos que hambre sólo ante la mesa
y que mesa servida
servida y no por siervos
Digamos que celdas sólo en el panal
en el panal obreras
y en las obreras miel.
Digamos que rosas sólo en el rosal
y en el tallo
no tallan las espinas.
Digamos que en el tiempo
voces
y en las voces música.
Digamos que amanece
Filed under Otros | Comments (4)
Hoy (25 de marzo de 1977)
Este tiempo que me toca es una concreción de estigmas
de campos de concentración y bisturíes
de niños que escapan volando de mis manos
para sobrevivir un cielo surcado de misiles
de sangre que resbala por mis piernas como testimonio
de pariciones y desapariciones.
Mi espacio de hoy es una tierra minada y entre
mina y mina
vertederos y flores
una maraña de brazos y dedos que suplican
acarician
solicitan piedad
un aplazamiento
un vaso de agua fresca.
Estoy acorralada de hoy
extirpada de hoy
malograda
sedienta
violada
e impaciente de hoy
Filed under LITERARIOS, Otros, Poesía | Tags: 1976, 1977, 24 de marzo, dictadura, Lidia Fernández, Literarios, taller literario | Comment (0)
los amantes
en un golpe de juicio corrieron a guillotinar el beso
en un impulso científico disecaron la emoción
en un ataque de pánico esgrimieron espadas y fusiles
hasta hacer sangrar las sombras
en un arrebato de cordura subieron al ómnibus de las 12 en punto
luego se masturbaron los ojos,
la boca
el sexo
si serán necios los amantes
después
solitarios
lloraban
Filed under Otros | Comments (3)
Tránsito
Pienso nunca haber vivido algo parecido a esto. ¿Se podrá decir que lo estoy viviendo, siquiera que lo estoy pensando?
No puedo responder – al menos de inmediato- a esas preguntas. Siento, si eso es posible, que estoy en el lugar debido y no me agita la sensación de creer que lo mejor está pasando en otro lado.
Podría decir que permanezco confortablemente acostada, aún cuando la tierra que me sostiene no ha sido alisada y presenta más de un fragmento de roca en su superficie. Mas aún, diría que no es ella la que me sostiene sino yo quien la mantengo imantada a mi cuerpo, pendiendo de él, cosa imposible, razono, pues mi escasa superficie mal podría sostener la extensa y grávida superficie del planeta.
Aceptado el hecho de que esto siga siendo pensar… no, mejor digo: aceptando que algo siga siendo, acepto que pienso. Un pensar hecho tan sólo de una aceptación curiosa y sorprendida que no deja lugar, por ahora, a analizar otra condición, por ejemplo aquella en que circulaba en un afuera donde el pensar iba asociado a percepciones, sensaciones y actos dotados de esporádicos y a veces arbitrarios sentidos.
No puedo afirmar que ahora perciba, sienta o actúe. En especial esto último me parece una irrisoria posibilidad.
En cuanto al sentir, nada. Ni siquiera el saber mi soledad evoca el sentimiento de la misma.
De los estrictos sentidos, la visión mira, mas no es capturada por ninguna forma o color. El tacto, el olfato y el gusto pertenecen al campo de la evocación, que no desea traerlos a este estado, donde parece ser lo otro quien me contacta, me olfatea y me degusta. Con mi aprobación. Ya lo he dicho antes, y parece querer instalarse como una certeza, al menos provisoria: esta circunstancia está compuesta, sobre todo, de aceptación.
Y de curiosidad, pues insiste en el intento de saberse. Como si la pretensión de saber, que tanto ejercitamos los humanos, fuera la única línea de continuidad entre aquella que fui y esta que soy. Quizá saber no sea la palabra adecuada. Percibir, tampoco, pues para ello necesitaría la suma de mis sentidos inexistentes.
No encuentro la forma de nombrar lo que se desarrolla en mí, excepto esta curiosidad, este proceso aceptado, sin ningún preconcepto que origine miedo o deseo, suponga bueno o malo. Seré, será, independientemente de mí.
El punto más cercano en el tiempo me muestra con el cuerpo contrayéndose, la boca abierta, las pupilas dilatadas, y, en pleno rictus de asombro, ya aceptar.
Esa imagen, sin embargo, ha pasado a ser la más alejada de todas las que guardo. La más cercana es aquella en que ni siquiera tenía curiosidad, sólo, como ahora, aceptación de mi entorno, entonces líquido. Entre una y otra, se transparentan un número interminable de imágenes, delante de mis ojos, es decir, detrás de ellos, en el reverso de mis párpados, que según entiendo, debería ser llamado el anverso. Como sea, no importa. Si se abrieran no verían más que tierra. De ahí que el ver resulte tan insignificante y el mirar relativamente molesto pues se limita a lo antes visto.
¿A qué fin conduce la repetición de imágenes de lo que fue mi vida, mis actos?, ¿a cuál el regodeo en los rostros que he amado o la irrupción irreverente de los que desprecié? Puedo (creo que puedo) imaginarlos en sus rutinas, lo cual, sin mí, los convierte en estáticas figuras en nada diferentes a millones de figuras inmovilizadas. Poca o ninguna atracción ejercen ahora esos papirotes que no provocan amor, ni odio, ternura ni complicidad, admiración o terror.
Ya casi no sé qué nombro con esas palabras. Se deshacen. Por el contrario, este presente va tendiendo a ser.
Si pudiera oler es posible que la palabra olor estuviera llena de sensaciones desagradables. Si pudiera lamer, el gusto se amargaría o acidificaría. Tocar, ¿qué tocar?, ¿lo que me toca?
Puedo todavía nombrarme, más no sé si existen poros, ni carne, aunque sí, supongo, algo sobre los huesos que acepta, como yo, un tránsito. Es extraño, por más disminuida que se encuentre la materia, algo de ella puede pensarse a sí misma.
Insiste.
Y con aceptación, creo que cuando deje de pensarse, no será por su falta, sino por la inutilidad de nombrarse.
Filed under Otros | Comments (2)
Estacionamiento- Verde Rwanda Roja Herida
Se nos venía encima la puesta del sol, la oscura noche y las calles vacías. Despues de una jornada de idas y vueltas, Gertrude y yo nos habíamos quedado preparando un seminario de evaluación participativa hasta mas allá de las cinco y media, que era nuestro horario habitual de partida, previo al veloz anochecer
Salimos de la oficina, situada en una de las dos cuadras principales del centro administrativo de la ciudad, cuando ya se habían retirado la mayoría de los coches y camionetas que se ubican indisciplinadamente alrededor de los edificios. Buscamos la nuestra sin saber bien donde estaría, pues la había estacionado Didace, uno de los técnicos, al regresar de la obra.
No fue difícil encontrarla en tan reducido y en ese momento, vacío espacio, pero al aproximarnos vimos una portentosa Nissam atravesada a pocos centímetros detrás de ella, impidiéndonos el paso.
A la izquierda tenìamos un muro. En paralelo hacia la derecha quedaba un espacio libre y mas allá había otra todoterreno similar a la que nos obstaculizaba la retirada, tras la que conversaban animadamente dos soldados armados con esos enormes, complicados y estremecedores aparatos de matar a los que, quienes no tenemos mucha familiaridad con ellos, seguimos llamando fusiles o ametralladoras.
Despues de observar el terreno, llegué a la conclusión de que maniobrando varias veces hacia el metro de espacio que tenia por delante, y hacia atrás y a la derecha, podría llegar a salir.
Gertrude dio la vuelta para subir del lado del acompañante mientras yo sacaba el freno de mano y me preparaba a hacer abundantes y mínimos movimientos con los cuales pudiera quedar ubicada en el espacio paralelo al mío, evitando así a la camioneta que tan alevosamente me impedía el paso. Situaciones como estas eran frecuentes, debíamos afrontarlas varias veces por día, en algunos casos esperar pacientemente que apareciera el dueño del vehículo mal estacionado o irlo a buscar si sabíamos quien era. No era así la ocasión, y además el centro estaba prácticamente desierto.
Al momento de poner en marcha el motor, escuché un grito de Gertrude. Miré hacia atrás y la vi correr hacia los soldados, quienes tenían sus armas apuntadas directo a mi. Me quedé perpleja mientras ella les hablaba haciendo uso de gran gesticulación, logrando que inclinaran las armas con esa aparente displicencia que –tratándose de armas- no llega a ocultar una palpitante amenaza.
Sin embargo, incapaz de creer lo que mis ojos habían visto –unas poderosas armas apuntándome-, supuse sería una equivocación, una confusión a la que Gertrude ponía fin con sus palabras, por lo cual puse en marcha el motor para ir adelantando el proceso de destrabarla durante el curso de la conversación que mantenía mi colega. En ese momento, otra vez ella emitió un agudo grito, pero ahora corriendo hacia mi. Volví a mirar. Las armas también me miraban, y a los ojos. Solté la llave del vehículo y quedé paralizada.
Gertrude, barboteando palabras en kinyarwanda y francés, me urgió a salir de allí. Los soldados continuaban apuntándome, y fuera cual fuera la confusión, no me quedaría para saber de qué se trataba. Bastaba el gesto claro y contundente.
Obedecí a Gertrude quien solo atinaba a decirme: “marchez vite, marchez vite”. Comenzamos a caminar por la Avenida de la Revolución hacia la esquina sin volver la cabeza hacia atrás. En esos escasos cincuenta metros ella no hacia mas que repetir las mismas palabras a todas mis preguntas: “marchez vite”. Al llegar a la esquina, donde nuestros caminos se bifurcaban a izquierda y derecha, pretendí detenerla para que me explicara la situación acabada de vivir. Solo obtuve otro imperioso “marchez vite a la maison”, acompañado del giro de su cuerpo en dirección a su casa, dándome la espalda.
Ambas debíamos caminar varios kilómetros. Apenas tres en mi caso, en el suyo, seis. Pero ella contaba con el conocimiento de los recursos propios de una pequeña ciudad, entre ellos, los inencontrables lugares donde se estacionaban los taxi-bus en algunas horas del día esperando llenarse de pasajeros antes de partir. En cuanto a mi, no era la primera vez que volvía de noche caminando hasta la casa, en ocasiones, por desencuentros con quien estaba conduciendo la camioneta para tareas diversas del proyecto.
Regresaba meditativa descendiendo la colina sobre la que se encuentra edificado el centro, cuando un coche se detuvo a mi lado y una voz de mujer me llamó por mi nombre. Era Joss, la eventual profesora de idiomas y amiga de tertulias ocasionales.
Ofreció llevarme a casa despues de acercar a otra amiga que iba con ella. Acepté encantada. Aun cuando a veces me viera forzada a hacerlo, estaba totalmente contraindicado por las autoridades de seguridad de Naciones Unidas circular a pie por las noches, y yo temía especialmente a los vehículos militares con los que me podía cruzar en esas soledades.
Para mi sorpresa, Joss dió dos o tres vueltas y se detuvo en el único bar que continuaba abierto en el centro. Quería tomar un té porque se sentía mal.
En realidad me urgía llegar a casa, contarle a Cesar lo sucedido y entre ambos elaborar una explicación y alguna estrategia para recuperar nuestro vehículo. Pero Joss no parecía muy apurada, por el contrario en el bar comenzó a charlas interminablemente con su amiga.
Me impacientaba ante su incomprensibe diálogo en el que apenas aparecían una o dos palabras inteligibles, me irritaba esa conducta que transformaba en descortesía su anterior afable ofrecimiento, pero simultáneamente no quería ser yo la acusada de descortesía imponiendo ms necesidades. Finalmente le expliqué mi urgencia en regresar, logrando, despues de otros quince minutos que se tomó el mozo para cobrarnos la cuenta, salir de allí, aliviada al pensar que treinta cuadras en descenso hasta la casa, en coche, representaban apenas unos minutos más
Sin embargo, mi verborrágica conductora, primero primero llevó a su amiga en dirección contraria, conversó con la familia de ésta desde dentro del coche y recién entonces me transportó aceleradamente haciendo eses por las colinas. Al cabo de dos horas y media desde mi encuentro con Joss, pude llegar a la casa que habitábamos con Cesar.
No bien traspuse el gran portón de entrada observé que nuestra camioneta estaba estacionada en su lugar. En el porche, Cesar leía tranquilamente.
-¿Cómo estás acá?, le pregunté. Me miró interrogativamente, ya que lo lógico era que estuviera allí.
-¿Cómo sacaste la camioneta?- casi grité. Su mirada mostró aún mas desconcierto, pues ambos teníamos llaves de la misma y el asunto no le pareció para nada fuera de lo común. En muchas oportunidades nuestras tareas se diferenciaban, o hacíamos cuestiones personales asegurándonos de que alguien nos trajera. Y quien salía último de trabajar, lo cual en esta ocasión creí era mi situación, venía con la camioneta. Pero resulta ser que también él creyó ser el ultimo al no encontrar a nadie en la oficina. En los primeros meses de nuestra estadía usábamos los handys para comunicarnos, pero al agrandarse el equipo y romperse algunos de ellos, renunciamos a ese medio, que por otra parte nos había torturado con sus ruidos y comunicaciones en otros idiomas durante nuestros obedientes primeros días, en que los teníamos prendidos las veinticuatro horas, como se nos había indicado, por si surgía algún problema y se decidía una evacuación de urgencia.
Mis absurdas preguntas se reiteraron y entonces Cesar, algo risueño, me contestó que la había sacado conduciendo marcha atrás y luego marcha adelante por las calles. No había tenido ningún problema. Le pregunté por el vehículo que la trababa, dijo que no estaba allí, le pregunte por los soldados, dijo que no había nadie en la zona.
Al día siguiente, pude al fin hablar con Gertrude.
Me contó que los soldados tenían orden de matar a quien se quisiera llevar nuestra Toyota. ¿Porqué?. Porque el lugar donde estaba era el estacionamiento del vehículo del Director de Rwandatel, la empresa de telecomunicaciones de Rwanda.
Ningún cartel lo anunciaba, pero aunque hubiera sido así, ¿porque tanta programación de violencia?. ¿no bastaba con una multa, o un cepo?. Por otra parte, ni siquiera Didace, el técnico rwandés, conocía esa prohibición.
-Debe haber habido otra cuestión, algo que no sabemos, Gertrude-, le dije, -o aún siendo solo eso, no creo que tuvieran orden de matar.
-Tu no lo crees-, me contestó, y en ese tú no lo crees estaba implícito el que sabes tú, y continuó: -nos hubieran tirado sin ninguna vacilación antes que dejarnos salir de allí con la camioneta. El Sr Director X es un hombre muy poderoso, influyente y malvado, hace quince dias eliminó de un tiro a un empleado que le pidió un aumento de sueldo, no solo para no otorgárselo, sino porque le resutó cargoso.
-¿Como puede ser ?-, le pregunté. -¿Como no fue preso.?
-¡Ah, si!-, me contestó. -Lo llevaron por un día, y al siguiente siguió mandando y asustando a la gente.
Por lo visto, el enojo rwandés en nuestro caso no llegó a tanto, y una vez se hubo marchado el jefe y su vehículo, los soldados se retiraron a sus domicilios o a beber cerveza juntos. Por mi parte estaba convencida de que se había tratado de una charada hacia los extranjeros que éramos, para que nos sirviera de lección. De hecho, Cesar llegó despues y no tuvo ningún inconveniente.
Mi terquedad insistía en no creer que en algún momento me podían haber disparado, pero en el curso de los días siguientes, la anécdota corrió de boca en boca, y nuestros conocidos pedían se las relatara exactamente, reían y admiraban nuestra buena suerte y el valor de Gertrude, agregando relatos acerca de la violencia y temerosidad del arbitrario funcionario de Rwandatel.
Evidentemente, mi compañera, quien de tanta ayuda me fue siempre en los insondables secretos de la cultura de su país, esta vez había salvado mi vida.
Lo arbitrario no es lo mismo que la suerte, aun cuando ambos sean imprevisibles, pero quienes vivimos en los países del Sur, o aquellos a los que se llama eufemísticamete “en vías de desarrollo”, sabemos que en mayor o menor grado, lo arbitrario y la suerte van de la mano cuando se trata de sufrir violencias o evitarlas. Y Rwanda está por el momento en el grupo de “mayor grado”.
El coraje de Gertrude para protegerme, superó la prepotencia de la arbitrariedad y en cuanto a Cesar, fue favorecido por la suerte.
Filed under Otros | Comment (0)
Escritura 2012
La consigna
:
“Explorar los rincones de la mente, potenciar la imaginacion y corporizar el sentir y el saber en el texto”
Escritura literaria. Narrativa
Lectura de textos de autor, con énfasis en literatura argentina y latinoamericana, y extensión a autores de distintas nacionalidades y culturas. Análisis.
La escritura y la reescritura. Recursos. Desarrollo del estilo propio.
- Pura PrácticaI
Bajo la modalidad descripta, comprender y ejercitar la escritura y rescritura de cuentos y microrelatos.
- Pura Práctica II
Bajo la misma modalidad, desarrollar recursos creativos y de estilo. Cuento y novela.
- Encuentros individuales para corrección de textos, cuentos, novelas.
- Monografías, tesis, presentaciones
Bajo la modalidad descripta, comprender y ejercitar la escritura y rescritura de cuentos y microrelatos.
Bajo la misma modalidad, desarrollar recursos creativos y de estilo. Cuento y novela.
Martes, miércoles y jueves a partir de las 18 hs.
Zona Flores. Cdad. de Buenos Aires.- Solicitar entrevista. 4632 3248
libefebu@gmail.com
Filed under LITERARIOS
| Tags: escritura, Lidia Fernández, talleres literarios |
Comments (6)
Talleres de escritura Pura Práctica
Escritura: Pura Práctica I-
Cuentos, relatos, minificciones. A partir de lecturas seleccionadas de distintos autores de la literatura argentina y universal se brindará un enfoque moderno de la creación literaria y se motivará la escritura de de los participantes.
Escritura: Pura Práctica II-
Orientado a personas de cualquier edad que escriban y deseen desbloquear, perfeccionar, empezar una nueva etapa y/o corregir su escritura. El trabajo estará centrado en la lectura, la producción y la adquisición de una distancia crítica por medio de la corrección.
Comienzan marzo de 2012. Grupos pequeños. Reservar cupo.
Zona Flores
libefebu@gmail.com 4632 3248
Filed under LITERARIOS | Tags: escritura creativa, talleres de escritura, talleres literarios | Comments (2)
